Un señor de edad avanzada estaba sentado en una silla de camping mirando al mar en calma. Su cara arrugada expresaba serenidad. Entrecerraba los ojos cada pocos segundos para sumergirse en un estado de sueño ligero. No podía dormirse porque estaba ocupado. Entre sus piernas tenía una caña de pescar clavada en la arena de playa. Sí, pescaba y dormitaba a la vez. Era su momento de paz, su oasis dentro de una vida agitada de lucha obrera y reivindicaciones. La pesca se convertía en su meditación. Su escapada de la realidad.
Aún era de noche aunque el sol empezaba a hacer acto de presencia a lo lejos. El hombre mayor estaba allí desde las 4 de la mañana. Ya eran casi las 6 y no había pescado nada. No importaba. No estaba allí por los peces. Sólo quería descansar en un lugar solitario. Otras personas descansan en su cama, en su habitación o en su casa, pero este hombre descansaba alejado del bullicio de la civilización. Solía elegir playas o zonas de costa con muy poca gente. No quería socializar ni hablar con nadie. Sólo quería sentarse en un lugar, mirar al horizonte, tirar la caña y esperar a la nada. Porque la nada no le molestaba nunca.
Un pez pica. Se engancha fuertemente al anzuelo y el hombre mayor sale de su trance somnoliento. Sonríe porque nota que este pez no va a escapar. Hoy su mujer hará pescado para comer. «¿Qué tipo de pez será?» se pregunta mientras estira con tranquilidad y recoge el carrete de su caña de forma delicada. En el fondo le da igual el pescado y también le da igual que haya picado. No está ahí solamente por eso. Sabe que hoy tiene una reunión sindical, una negociación dura ante el empresario de turno, y necesita estos ratos de pesca para recuperar energías.
Con el pez en un pequeño cubo, el hombre mayor vuelve a casa. Contento, con una leve sonrisa y con ganas de seguir luchando día a día por mejorar su barrio. Este hombre era mi abuelo. 
Ugo Sin Hache
Divulgador, creador de contenido, podcaster y señor raro en general.
recent posts
about
Posted in Relatos
Deja un comentario