Miradas atrevidas, miradas incómodas, miradas infantiles, miradas inocentes, miradas traviesas… Miradas en todos lados. Cada vez que salgo a la calle, me encuentro miradas de todo tipo. Hace muchos años tenía miedo de salir, me daba miedo que la gente me mirase. De hecho, puedo decir que era mi miedo principal porque el miedo a los insultos era imaginario ya que casi nunca me insultaban por la calle. Pero las miradas, las miradas siempre estaban.
Sé que tengo una cara extraña. Sé que llamo la atención. Sé que puedo causar curiosidad, incomodidad o rechazo. Todos estos sentimientos me hacían recluirme en mi casa. Porque además mi mente era más rápida que los hechos. Es decir, yo siempre pensaba que una mirada era el paso previo al insulto, al momento incómodo o a la actitud de rechazo. Pensamientos intrusivos, pensamientos que me hacían sentir mucho peor. Mi mayor enemigo muchas veces era yo mismo.
Las miradas no han desaparecido con los años. Siguen igual que siempre. Ayer salí a dar mi paseo diario y me encontré una mirada de un señor mayor casi de frente. Este hombre apartó la mirada en cuanto se dio cuenta que yo se la devolvía. Este es el proceso más habitual. Alguien me mira, yo le miro y ese alguien baja su mirada o mira hacia otro lado. Bueno, salvo que sean niños. Los niños miran sin miedo y por pura curiosidad. Sus ojos infantiles se quedan fijos en mi cara. Me siento un imán. Con ellos no funciona lo de mirarle a los ojos porque no tienen vergüenza. Lo suyo es pura curiosidad. Me suele hacer gracia ver como algunos padres tratan de hacer que sus hijos dejen de mirarme. Intentan llamarles la atención con otra cosa cuando quieren ser sutiles o directamente dicen: «Juan, deja de mirar». Imagino a esos padres en una reunión con amigos contando esta anécdota como si fuese algo gracioso: «Mi hijo hoy no paraba de mirar a un chico muy raro. Ay, qué vergüenza he pasado. Espero que el chico no se haya dado cuenta…»
También recuerdo las miradas de burla. Pero estas miradas no están solas. La burla es compartida. Me explico. Una persona (suele ser adolescente) me mira y se da cuenta que soy raro. ¿Qué hace? Pues suele ir acompañado y necesita contarle a otra persona lo que ha visto para reírse. Reconozco que esto no es habitual pero me ha pasado, sí. Siempre pienso que la burla pública sólo me la hacen en grupo. Nunca están solos. ¿Cobardía? Un poco sí. También creo que son mecanismos de grupo para encajar socialmente. Muestras lo «guay» que eres rechazando a alguien que está fuera del grupo para mostrar lo sólido que es grupo donde estás. Bastante básico todo esto.
No se me pueden olvidar las miradas de los espías. Estas son muy graciosas. Vienen de gente que cree que no les veo. Intentan mirarme disimuladamente. De reojo y con mucho cuidado. Como auténticos agentes secretos. Me gusta cuando notan que les he pillado y empiezan el espionaje de cero. Bajan la mirada con delicadeza o se ponen a hablar con su acompañante para, segundos después, volver a mirarme con sigilo. Pero oye, son miradas respetuosas.
Oye, Ugo, ¿te sigue dando miedo salir a la calle por las miradas? Pues la verdad es que no. Me resulta indiferente hoy en día. Sé que puedo llamar la atención, sé que puedo causar curiosidad o incomodidad, pero no me importa. La curiosidad es sana y la incomodidad es curable. Cuando entendí esto, me sentí muchísimo mejor conmigo mismo. ¿Y sabéis otra cosa? Yo también miro cualquier rareza que vea por la calle. Al final todos somos humanos. 
Ugo Sin Hache
Divulgador, creador de contenido, podcaster y señor raro en general.
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