Una mañana más, Uruk hizo su rutina de siempre. Se acercó al río para mirarse la cara en el reflejo. El tono verde pantanoso de su rostro seguía igual pero él lo veía hoy más reluciente que nunca. Era un día importante, lo sabía. Era un día crucial.

Tras mirarse un buen rato, cogió su escudo de metal gastado y su espada mellada para reunirse con el resto del grupo. Ya quedaba menos para llegar. Habían acampado esa noche en un pequeño claro del bosque y eran conscientes de que quedaba muy poco para alcanzar su meta. Se respiraba el nerviosismo en la tropa.

Curiosa tropa, todo hay que decirlo. La componían orcos, goblins, trasgos y un troll grandote que se llamaba Osgirth. Antes de juntarse como tropa, cada uno vagaba por diferentes lugares de la Tierra Media. Y todos sin excepción habían sido rechazados por humanos y elfos. Algunos conservaban heridas muy visibles de las trifulcas donde habían participado. Uruk, por ejemplo, tenía un corte de más de 20 centímetros que le cruzaba parte del cuello. Un elfo del bosque quiso rebanarle el pescuezo mientras dormía como ya había hecho con el resto de sus compañeros y estuvo a punto de conseguirlo pero se equivocó en el cálculo. No cortó todo lo profundo que debería y Uruk sobrevivió. No fue nada fácil porque primero tuvo que hacerse el muerto y luego tratar de no desangrarse en las horas posteriores.

Pero allí estaba, con todos los marginados de la Tierra Media. Cada uno con su historia de dolor, pérdida y sangre. Todos con sed de venganza y con odio en los ojos. Ya quedaba menos para llegar a Isengard. ¿Por qué iban a Isengard? Resulta que hace unos meses, a Uruk le llegó un mensaje de un amigo de la infancia. Este orco le relató que estaba viviendo una segunda juventud porque un mago anciano muy poderoso le había aceptado y prometido que el mundo del futuro sería de los orcos. Que estaba juntando un ejército de orcos, trasgos y otras criaturas marginadas para volver a mandar en el mundo. «Nos acepta, Uruk, viejo amigo. Nos acepta y nos quiere cerca. No nos escupe ni nos tortura. No nos mata. Se llama Saruman y es un mago muy poderoso. ¿Por qué no confiar en él? Es nuestro momento.»

Uruk lloró ese día. Lo hizo a escondidas aunque estaba solo en ese momento. Pero lo de esconderse lo hacía en todo momento porque nunca podía fiarse de humanos ni de elfos. ¿Y si su amigo tenía razón? ¿Y si ese tal Saruman les ayudaba? A lo mejor en el futuro dejaría esa costumbre de esconderse en cualquier lugar. No tenía nada que perder. La vida la arriesgaba todos los días paseando por caminos de humanos así que prefería arriesgarla por un objetivo mucho más ambicioso.

Y Uruk partió rumbo a Isengard donde estaba ese mago poderoso. La ilusión le brotaba por cada poro de su piel y cuanto más se acercaba a su destino, más ilusión sentía. Además, por el camino se encontró a varios grupos de orcos que pensaban igual que él. Y trasgos, y goblins. Todos rebosantes de felicidad. Todos deseando llegar a la tierra de Saruman. Si todo salía bien, por fin los orcos podrían andar por el mundo sin estar en peligro de muerte constante.

(Y así, amigos, es como se construye un relato de cualquier bando ideológico. Creas un personaje, un «héroe» que cree ser víctima de algo, le das una historia triste, compones enemigos y una salvación. Y listo.)

Un orco de El Señor de los Anillos

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