Un señor de edad avanzada estaba sentado en una silla de camping mirando al mar en calma. Su cara arrugada expresaba serenidad. Entrecerraba los ojos cada pocos segundos para sumergirse en un estado de sueño ligero. No podía dormirse porque estaba ocupado. Entre sus piernas tenía una caña de pescar clavada en la arena de playa. Sí, pescaba y dormitaba a la vez. Era su momento de paz, su oasis dentro de una vida agitada de lucha obrera y reivindicaciones. La pesca se convertía en su meditación. Su escapada de la realidad.
Aún era de noche aunque el sol empezaba a hacer acto de presencia a lo lejos. El hombre mayor estaba allí desde las 4 de la mañana. Ya eran casi las 6 y no había pescado nada. No importaba. No estaba allí por los peces. Sólo quería descansar en un lugar solitario. Otras personas descansan en su cama, en su habitación o en su casa, pero este hombre descansaba alejado del bullicio de la civilización. Solía elegir playas o zonas de costa con muy poca gente. No quería socializar ni hablar con nadie. Sólo quería sentarse en un lugar, mirar al horizonte, tirar la caña y esperar a la nada. Porque la nada no le molestaba nunca.
Un pez pica. Se engancha fuertemente al anzuelo y el hombre mayor sale de su trance somnoliento. Sonríe porque nota que este pez no va a escapar. Hoy su mujer hará pescado para comer. «¿Qué tipo de pez será?» se pregunta mientras estira con tranquilidad y recoge el carrete de su caña de forma delicada. En el fondo le da igual el pescado y también le da igual que haya picado. No está ahí solamente por eso. Sabe que hoy tiene una reunión sindical, una negociación dura ante el empresario de turno, y necesita estos ratos de pesca para recuperar energías.
Con el pez en un pequeño cubo, el hombre mayor vuelve a casa. Contento, con una leve sonrisa y con ganas de seguir luchando día a día por mejorar su barrio. Este hombre era mi abuelo. 
Ugo Sin Hache
Divulgador, creador de contenido, podcaster y señor raro en general.
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Hoy no voy a escribir nada por aquí. Estaba pensando en tomarme un descanso de escritura una vez a la semana. Por ejemplo, un día del fin de semana. ¿El domingo? A ver, hoy es domingo. Es el día ideal para ello, ¿verdad? El típico día para no hacer nada en casa. Tirarte en el sofá, ver alguna serie o una película, no agobiarte con el trabajo y descansar la mente del sistema que nos empuja a ser hiperproductivos.
Ay, espera, espera. Que esto que estoy haciendo es escribir. ¿Pero cómo paro ahora de hacerlo? Piensa, Ugo, piensa. ¿Cómo puedo detener los dedos y alejarlos del teclado? ¿Y a quién estoy preguntando? Si la solución es muy fácil. Sólo tengo que dejar de escribir y ya. Mira, primero alejo los dedos…. Ah, no, no los estoy alejando. Pero es que quiero describir cómo los alejo. ¿Cómo puedo describir por escrito una acción que me impide describir? Estamos en un punto muerto.
Llevo un minuto pensando. Vosotros no lo habéis visto pero me he quedado mirando al texto fijamente tratando de seguir pero al mismo tiempo pensando en acabar ya. Dos bandos hay en mi cabeza ahora mismo. El bando descriptor y el bando que quiere dejarlo ya. El primero describe al primero pero también al segundo. El segundo no quiere hacer nada pero está confrontando al primero.
Oye, ¿y si directamente no escribo nada más?
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Tres años se cumplen del momento en el que salí a la luz. Tres años desde que mostré mi cara públicamente por primera vez en redes sociales. A partir de ahí todo fue mucho mejor en mi vida pero… ¿cómo era vivir en la oscuridad?
Los murciélagos viven en la oscuridad, se pasan el día escondidos. Tienen una alta sensibilidad lumínica que hace que apenas salgan de su cueva salvo para cazar. Y lo hacen por la noche. Yo no era un murciélago y ni siquiera era nocturno. Pero mi cara, mi discapacidad, me hacía vivir en la oscuridad social. Antes de mostrarme, hice mil cosas en redes sociales. Todas con la cara oculta y con nombre falso. Era yo y no lo era al mismo tiempo. Siempre estaba equilibrando mis pasos porque quería mostrar parte de mi personalidad en todo lo que hacía pero sentía ese miedo de mostrar demasiado de mí y ser identificable.
Así que me pasé años siendo un murciélago diurno. Mi cueva era mi habitación y mi caza tenía que ver con las redes sociales. Cazar es una necesidad para los murciélagos y mi necesidad en la oscuridad social era demostrar lo válido que era. Me pasaba los años tratando de demostrar mi habilidad en todo lo que hacía. Demostrar mi valor. ¿Por qué y para qué? Quería demostrar mi valor porque me sentía inferior al resto del mundo. Pensaba que tener una discapacidad me hacía inferior y entonces trataba de esforzarme mucho en algunas habilidades que tenía para decir al mundo bien alto eso de «HASTA CON UNA DISCAPACIDAD, PUEDO HACER COSAS BIEN». Hice trabajos creativos, artísticos, trabajos relacionados con la escritura, con los cálculos matemáticos. Quería ser una especie de «superhombre» solamente para demostrar mi valor. Me preparaba para salir a la luz algún día. Tenía la idea en mi cabeza de que si destacaba en algo muy chulo, la discapacidad sería lo de menos. Lo que importaría sería mi trabajo o mi habilidad (fuese la que fuese).
Hasta que un día una psicóloga me dijo: ¿Alguna vez has hablado en terapia sobre tu discapacidad?
Yo estaba yendo a terapia por un tema de motivación laboral. Quería mejorar ciertos aspectos del trabajo que tenía por entonces. Un trabajo exigente y bastante duro que algún día explicaré. El caso es que yo sólo iba a terapia por eso. Motivación, exigencia, solidez mental… y mi psicóloga soltó la bomba. Habló de mi discapacidad. Me hizo hablar de mi discapacidad. De algo que odiaba tocar. No, no, yo quería seguir en la oscuridad. Era un murciélago diurno. Era así.
Pero no, no era así, No era un murciélago. Era y soy un ser humano. Con muchos traumas. Con muchos defectos y errores. Negar la discapacidad, ocultarme por miedo, era mi punto débil. Mi psicóloga hizo un trato conmigo. Me prometía que mejoraría mi motivación si tratábamos el tema de la discapacidad, que era una cosa importante en mi vida y que no tenía sentido ignorarla.
Y alguien empezó a abrir la ventana en ese momento. La ventana de mi cerebro. Empezó a entrar la luz a mi cueva. Empezamos a tratar la discapacidad, empezamos a relacionarnos con ella, empezamos a hablar con ese lado de mí. Empecé a entender todo lo que significaba eso y comencé a quitarme un peso grande de encima. ¿Era tan necesario demostrar mi valía? ¿Para qué? ¿Por qué tengo que demostrar mucho más que el resto si soy como los demás? Bueno, vale, tengo la cara rara pero en esencia todos somos seres humanos y no somos tan diferentes. ¿Para qué exigirme tanto?
Estuve muchos meses trabajando con todo esto. La oscuridad fue desapareciendo de mi vida. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la nueva realidad pero cuando lo hicieron, me di cuenta de que se vivía mejor así.
Como he dicho al principio, hace tres años que me mostré públicamente. Fueron meses y meses de terapia pero la foto que subí a redes sociales supuso un renacimiento para mí. Ya no era un murciélago diurno. Ya no era un cuenta de actualidad. Ya no era alguien que vivía en la oscuridad.
Hace tres años, empecé a ser Ugo.
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Miradas atrevidas, miradas incómodas, miradas infantiles, miradas inocentes, miradas traviesas… Miradas en todos lados. Cada vez que salgo a la calle, me encuentro miradas de todo tipo. Hace muchos años tenía miedo de salir, me daba miedo que la gente me mirase. De hecho, puedo decir que era mi miedo principal porque el miedo a los insultos era imaginario ya que casi nunca me insultaban por la calle. Pero las miradas, las miradas siempre estaban.
Sé que tengo una cara extraña. Sé que llamo la atención. Sé que puedo causar curiosidad, incomodidad o rechazo. Todos estos sentimientos me hacían recluirme en mi casa. Porque además mi mente era más rápida que los hechos. Es decir, yo siempre pensaba que una mirada era el paso previo al insulto, al momento incómodo o a la actitud de rechazo. Pensamientos intrusivos, pensamientos que me hacían sentir mucho peor. Mi mayor enemigo muchas veces era yo mismo.
Las miradas no han desaparecido con los años. Siguen igual que siempre. Ayer salí a dar mi paseo diario y me encontré una mirada de un señor mayor casi de frente. Este hombre apartó la mirada en cuanto se dio cuenta que yo se la devolvía. Este es el proceso más habitual. Alguien me mira, yo le miro y ese alguien baja su mirada o mira hacia otro lado. Bueno, salvo que sean niños. Los niños miran sin miedo y por pura curiosidad. Sus ojos infantiles se quedan fijos en mi cara. Me siento un imán. Con ellos no funciona lo de mirarle a los ojos porque no tienen vergüenza. Lo suyo es pura curiosidad. Me suele hacer gracia ver como algunos padres tratan de hacer que sus hijos dejen de mirarme. Intentan llamarles la atención con otra cosa cuando quieren ser sutiles o directamente dicen: «Juan, deja de mirar». Imagino a esos padres en una reunión con amigos contando esta anécdota como si fuese algo gracioso: «Mi hijo hoy no paraba de mirar a un chico muy raro. Ay, qué vergüenza he pasado. Espero que el chico no se haya dado cuenta…»
También recuerdo las miradas de burla. Pero estas miradas no están solas. La burla es compartida. Me explico. Una persona (suele ser adolescente) me mira y se da cuenta que soy raro. ¿Qué hace? Pues suele ir acompañado y necesita contarle a otra persona lo que ha visto para reírse. Reconozco que esto no es habitual pero me ha pasado, sí. Siempre pienso que la burla pública sólo me la hacen en grupo. Nunca están solos. ¿Cobardía? Un poco sí. También creo que son mecanismos de grupo para encajar socialmente. Muestras lo «guay» que eres rechazando a alguien que está fuera del grupo para mostrar lo sólido que es el grupo donde estás. Bastante básico todo esto.
No se me pueden olvidar las miradas de los espías. Estas son muy graciosas. Vienen de gente que cree que no les veo. Intentan mirarme disimuladamente. De reojo y con mucho cuidado. Como auténticos agentes secretos. Me gusta cuando notan que les he pillado y empiezan el espionaje de cero. Bajan la mirada con delicadeza o se ponen a hablar con su acompañante para, segundos después, volver a mirarme con sigilo. Pero oye, son miradas respetuosas.
Oye, Ugo, ¿te sigue dando miedo salir a la calle por las miradas? Pues la verdad es que no. Me resulta indiferente hoy en día. Sé que puedo llamar la atención, sé que puedo causar curiosidad o incomodidad, pero no me importa. La curiosidad es sana y la incomodidad es curable. Cuando entendí esto, me sentí muchísimo mejor conmigo mismo. ¿Y sabéis otra cosa? Yo también miro cualquier rareza que vea por la calle. Al final todos somos humanos.
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Son las 8 y poco de la mañana, en mi despacho hace un frío polar y además mi mesa está llena de polvo. Podría haberla limpiado hace ya semanas o podría haber omitido este detalle en este texto pero a veces soy demasiado sincero. Y hablando de sinceridad, ¿por qué me ha dado por hacerme una entrevista a mí mismo?
Pues veréis, resulta que ayer hice una categoría en mi blog llamada «Reportajes y entrevistas» que consiste en lo que dice el título obviamente. El caso es que quiero entrevistar a un montón de gente pero como comprenderéis, entre ayer por la noche y las 8 de la mañana de ahora mismo no me ha dado tiempo a encontrar a nadie. Podría haber tenido paciencia pero la paciencia y yo no nos llevamos bien. Así que… ¡vamos con ella!
¿No te parece demasiado egocéntrico entrevistarte a ti mismo? ¿No crees que la gente ya tiene suficiente viéndote en vídeos todos los días?
Pues la verdad es que tienes un poco de razón. Es egocéntrico. Pero he tenido una idea. ¿Y si me preguntas algunas cosas incómodas para ponerme en aprietos? Que no sea una entrevista de adulación, que tenga algún momento inquietante o agresivo pero sin pasarse para no parecer tan sobreactuado.
Ugo, ¿eres consciente que las preguntas también las haces tú? Es decir, yo te pregunto pero yo soy tú. Es difícil llegar a incomodarte realmente porque no vas a dejarme.
Sí, soy consciente pero también creo que es un buen ejercicio de autoanálisis para saber hasta dónde puedo llegar contra mí mismo. Venga, empieza ya…
Ya hemos empezado. De hecho, esta es la tercera pregunta. Lo sé porque he puesto el texto en negrita. En fin, pregunta clásica para la gente que aún no lo sabe. ¿Por qué Ugo Sin Hache? ¿Por qué ese nombre?
Ugo es mi nombre real. Es sin H aunque cueste creer. Siempre doy la misma explicación. En Italia Ugo es sin H y yo tengo ascendencia italiana. Aunque también es cierto que he preguntado muchas veces a mi padre y no ha sabido concretarme la razón exacta. Pero eso, que en Italia no es un error de ortografía y con eso me quedo.
Has dicho mil veces que tienes Síndrome de Moebius que, para resumir, es una discapacidad relacionada con la parálisis facial. ¿No te cansa repetirlo constantemente a todo el mundo? ¿Es necesario siempre dar explicaciones?
Cansa. Sin duda. Todos los días se lo tengo que decir a alguien que me acaba de descubrir. De hecho, hace una hora una persona me ha preguntado si lo de mi cara era un filtro y yo le he dado la charla de lo que tengo. El tema es que no soy el centro del mundo. Me cansa pero al mismo tiempo al exponerme públicamente tengo que entender que mucha gente me va a preguntar sobre ello y es positivo que lo sepan antes de que tengan prejuicios o ideas equivocadas sobre mí.
Venga, pregunta incómoda ya que has hablado de exponerte en público. ¿Cuánto ganas en redes sociales?
No me gusta nada hablar de temas económicos. Siempre me ha parecido un tema personal. Sin embargo, sí me gusta dejar claro que el mundo de las redes sociales y ganar dinero no suelen ir de la mano. Tengo miles de seguidores en diferentes redes sociales (25.000 en Bluesky, 11.000 en IG, 10.000 en TikTok….) y mis ganancias totales SÓLO con redes sociales no llegan ni a 10€. Y eso teniendo en cuenta que sea un mes bueno.
¿Y de qué vives entonces? ¿Tienes trabajo? ¿O paguitas?
El año pasado estuve dando charlas en institutos, centros educativos y alguna asociación. Ahí gané algo de dinero pero poco. Me paso la vida buscando trabajo porque eso de las «paguitas» no es algo que me den a mí. La mayoría de personas con discapacidad no recibimos nada de nada. Los que reciben algo tienen un porcentaje alto de discapacidad y la ayuda es tan escasa que no les llega ni para comer. No voy a seguir hablando de estos temas porque no es algo que me llame comentar.
Vale, vale. Pues cambiemos de tercio. ¿Cuál es el momento discriminatorio más incómodo que has pasado en los últimos años?
Una persona me escribió un texto larguísimo en Instagram deseándome la muerte y la de mis padres porque defendía que las personas con discapacidad éramos escoria y no merecíamos existir, que estamos haciendo que la sociedad sea peor. Aunque reconozco que no me causó tantísimo impacto porque se notaba que era una persona que no estaba bien por su forma de escribir y por el perfil que tenía. Va a sonar triste esto pero he normalizado mucho las faltas de respeto en redes. Me siguen doliendo pero muchas veces me las tomo con humor.
Hablando de redes. ¿Echas de menos tus anteriores etapas? Por ejemplo, la etapa larga de xqTTs, esa cuenta de actualidad por ejemplo.
Hay días que sí que lo echo de menos pero siempre recuerdo algo importante. Mis etapas anteriores pertenecen a mi etapa oscura. Oscura literalmente porque no me mostraba ante nadie, permanecía en la oscuridad. Era un Ugo que siempre estaba escondido tras un avatar o un nombre falso. Y lo hacía por dos razones tristes. La primera era que tenía miedo de que la gente supiese que tenía una discapacidad. La segunda era por la obsesión que tenía por querer demostrar mi valía como si lo necesitase ya que me veía inferior al resto por mi discapacidad.
¿Pero notaste cambios en la gente cuando te mostraste públicamente por primera vez? ¿O ese miedo no tenía fundamento?
Esto no lo he contado demasiado pero noté muchos cambios. Cuentas o personas que me trataban de una forma, empezaron a tratarme de otra totalmente diferente. Gente con la que hablaba el día anterior de una forma normal, empezaron a ser cariñosos de golpe conmigo. Es jodido esto porque yo además no soy una persona muy cariñosa, no sé si es bueno o no esto, y al no ser así, me choca mucho más. Desde que me mostré, lidio diariamente con la infantilización. Es constante, en casi todo momento. Siempre hay gente mostrándome cariño sin ser yo así. Que si lo fuese, entiendo el trato de vuelta pero al no serlo, me cuesta mucho asumirlo. Y más sabiendo que ANTES no pasaba esto. Pasa ahora.
¿Echas de menos cuando te ocultabas?
Muchas veces sí. No es correcto esto porque creo que exponerme me ha dado muchas más cosas positivas. Visibilizo, normalizo, hago contenido divulgativo, cambio mentalidades y todo esto mola mucho pero muchas veces pienso que cuando no era visible en redes, no tenía que dar explicaciones a nadie ni sentía discriminación constante. No tenía que enfrentarme a tantos problemas. Era una vida más relajada y tranquila. ¿Era mejor? Yo creo que no, creo que salir del armario tiene mil cosas positivas y estar escondido no pudiendo ser tú al 100% es una mierda pero era una mierda tranquila y sin agobios fuera de mis rutinas.
Al final no he sido tan cruel en esta entrevista. ¿Ves como era absurdo proponerse algo así cuando yo soy tú?
La verdad es que no me sale bien lo de ser cruel. Ni conmigo mismo. Muchas veces me parece una debilidad esto. Debería ser más exigente conmigo mismo y tener más voluntad de lucha. Ser más agresivo en algunos momentos de la vida. Últimamente estoy trabajando con poner límites a la gente con respecto a mi persona y estoy un poco orgulloso de ello porque no me está saliendo mal. Pero hay mucho margen de mejora.
¿Quieres añadir algo más para acabar?
Hay muchísimos temas que te has dejado. Tantos que me cuesta añadir uno en concreto. ¿Y si lo llamamos charla a esto en vez de entrevista? Al final son 12 preguntas de nada pero es que tampoco quiero que esto se convierta en algo muy pesado de leer. Sí, mejor «Charlando con Ugo Sin Hache». Es más, creo que así pueden ser todas las entrevistas que haga. Entre 10 y 15 preguntas con temas un poco aleatorios.
¿De verdad estás ahora mismo planificando cómo serán las siguientes charlas? ¿Esto no tendrías que quedártelo para ti en privado?
Bueno, en realidad yo no estoy planificando solo. Tú también lo estás haciendo porque tú eres yo.
En este momento corto la charla de golpe. Creo que empieza a ser demasiado surrealista esta discusión. Supongo que ya habéis tenido suficiente con este trozo de mí. Próximamente publicaré charlas con más personas. Prometo que ya no seré yo el protagonista. Aquí se acaba mi ego.
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Ahí estaba ella. Prominente, frondosa, enorme y rectangular. Sobre todo rectangular. Me dio la sensación de ver un rectángulo perfecto. Alargado pero sin perder volumen. Parecía un trabajo hecho en las insoportables clases que tenía de dibujo técnico en el instituto hace mil años. Una ceja de escuadra y cartabón.
Detrás de la ceja había un hombre de mediana edad. Muy moreno, de rasgos faciales toscos y duros, con aspecto cansado que caminaba con buen ritmo. Os reconozco que este hombre era lo de menos. No me llamó la atención. Era una persona más en la avenida por donde yo iba. Pero su ceja… ¡Ay, qué ceja! De esas que no se olvidan. De esas que pueden llegar a ser protagonistas de un pequeño relato dentro de un blog de un señor con cara rara.
¿Os estáis dando cuenta que estoy hablando de una sola ceja en vez de dos? Pues esto tiene una explicación muy sencilla. Al hombre de la ceja sólo lo pude ver unos dos segundos y de perfil. Pasó por mi lado y cuando quise fijarme más, ya estaba a mi espalda. Fue fugaz. Un chispazo. Un obús que apareció de repente y de repente desapareció. Y claro, al pasar de perfil, sólo pude verle una ceja. ¿Sería igual la otra? ¿Tendría una hermana gemela igual de excepcional y maravillosa? Me apené en ese momento porque este texto podría haber sido la historia de dos cejas pero una hizo acto de presencia en mi visión.
Tras ver a la espectacular ceja, lo primero que pensé fue si era real. ¿Y si era una ceja pintada? He visto a mucha gente que se pinta las cejas porque apenas tiene. Es una opción estética respetable, la verdad. Y luego pensé: ¿Una ceja pintada es una ceja igualmente? Yo diría que sí aunque no sé si hay estudios al respecto sobre esto. Aunque creo que no son necesarios estos estudios porque lo que cuenta es la opinión de la persona de la ceja pintada. ¿Que él o ella dicen que es una ceja? Pues no hay mucho más que añadir.
Sea pintada o no, era una señora ceja de los pies a la cabeza. De esas cejas que quieres invitar a tomar un café para que te cuenten su vida. Porque una ceja así tiene que haber pasado de todo. Y también debe haber visto cosas totalmente fascinantes. Me niego a pensar que una ceja de esas características haya tenido una vida anodina. Ojalá algún día publique sus memorias, ojalá nos cuente sus aventuras y desventuras. Yo las leería todas.
Podría estar mucho más tiempo hablando de esta ceja pero imagino que vosotras tenéis cosas que hacer hoy. Pararse a leer un relato sobre una ceja quizás no era lo que esperabais cuando os habéis despertado esta mañana pero estamos viviendo tiempos complicados y creo que a veces es bueno abrir la ventana para que entre aire fresco.
PD: No he encontrado una foto de una ceja como la que vi. Así que he elegido una ventana para que corra un poco el aire como digo en el último párrafo del texto.
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«¿Conoces a alguien con discapacidad en Twitter?» Esta pregunta me la hicieron hace muchos años en esa red social del demonio. Me la hicieron a mí, a alguien con discapacidad. Y lo curioso es que no es la primera vez que recibía un comentario así. Recuerdo también cuando hablaban conmigo sobre discapacidad pero en tercera persona, como si las personas con discapacidad fuesen entes que no estuviesen presentes en ese momento.
¿Vosotros os habéis planteado si la persona con la que habláis en redes sociales escritas tiene alguna discapacidad? ¿Si es coja? ¿O ciega? ¿O si tiene alguna discapacidad intelectual? Si esa persona no muestra una foto clara o repite MUCHO que tiene una discapacidad, posiblemente no es algo que se os haya pasado por la mente. Y esto tiene dos caras claramente, la bonita y la oscura. La cara A y la cara B.
La cara bonita, la cara visible, es la de que las palabras escritas democratizan. Todos somos iguales cuando escribimos. Con iguales me refiero a que no hay sesgos de base. No hay negros, chinos, gais, lesbianas, discapacitados, niños, adultos… salvo que lo digan en voz alta, que lo pongan en el perfil, en el nombre, en la foto y en todos lados. Y AÚN ASÍ hay gente que ni se entera. El ser todos iguales hace que las personas con discapacidad puedan estar en un espacio sin prejuicios, donde no te infantilizan ni te tratan de forma especial. Si una persona con discapacidad no lo dice en su bio ni en su nombre, será tratada como una más. Recuerdo mucho a una persona con un nombre de manga japonés que me dijo una vez que tenía una discapacidad intelectual y que estaba en Twitter porque era el único sitio donde la gente le trataba como uno más. Se sentía genial porque por fin había encontrado un lugar donde no sufría discriminación por su discapacidad.
Y ahora hablemos de la cara B, la cara triste. ¿Os parece bien que las personas con discapacidad tengan que ocultarse para sentirse bien? ¿Os parece bonito que para ser uno más tengas que esconder tu cara o tu condición? Bienvenidos a mi vida, a la vida que tenía antes. Hasta hace apenas 3 años, yo me escondía en todas las redes sociales. No enseñaba mi cara ni hablaba de mi discapacidad. Lo hacía porque era el único lugar donde podían tratarme como uno más. Recuerdo una anécdota que duele mucho. Me metí en una discusión hace muchos años con un señor que era muy agresivo, que insultaba a todo el mundo cuando no tenía más recursos para defenderse. Yo trataba de imponer mi punto de vista con este señor y en cierto punto él perdió la compostura. ¿Qué hizo? Insultarme. Insultarme como a todo el mundo. Ese «como a todo el mundo» me hizo sentirme bien. Me estaban insultando como al resto. No me trataba de forma diferente. Prefería el insulto a un trato especial.
Pienso mucho en estos temas.. Pienso mucho en la fuerza que tienen las palabras escritas. El poder de democratizar, de convertir a todos en iguales. La palabra escrita te permite empezar una carrera desde el punto de salida como el resto del mundo. Eso sí, no todo el mundo llega a la meta al mismo tiempo. Hay baches, obstáculos y caras B que hacen que no sea todo tan fácil. Pero a pesar de estos problemas, es bonito que tengamos un sitio donde podamos ser simplemente nosotros mismos.
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22 años tenía yo cuando recibí esa llamada. Recuerdo exactamente dónde estaba. En la Campus Party. ¿Y eso qué es? Era una especie de campamento para frikis de los ordenadores y los videojuegos como yo. Te pasabas 3 o 4 días encerrado en una carpa gigante con tu ordenador y un saco de dormir junto a cientos de personas con tus mismas aficiones. La gracia del sitio era que tenía la conexión a internet más alta del planeta.
Yo estaba saliendo del cascarón. En general, odiaba mi discapacidad y me odiaba a mí mismo pero ese año había decidido empezar a sacar la cabeza de mi casa. Fui a la Campus Party totalmente solo y después de eso tenía la idea de viajar andando a Galicia. Sí, ANDANDO de Valencia a Galicia. Ya, ya, seguramente estéis pensando que era una locura pero yo me lo había tomado como una especie de viaje espiritual para romper el cascarón del que hablaba.
Tenía planes, ideas, proyectos y mucha energía. Pero sonó mi móvil. Era el último día de la Campus Party. Vi en la pantalla el nombre de «Mamá». ¿Qué querría mi madre ahora? Que yo estoy liado con lo de la Campus.
– Ugo, me han ingresado en el hospital. ¿Recuerdas el dolor de espalda que tenía? Pues parece que es algo más que un dolor de espalda.
En ese punto, en ese momento, se rompió mi vida. Se acabaron mis planes, mis proyectos, mis sueños. Mi día a día se convirtió en idas y venidas al hospital. Estuve así casi dos años y luego se acabó todo. Se acabó mi madre y se acabó mi realidad tal y como la conocía. Volví a encerrarme, volví a recluirme, volví a la prisión de mi habitación.
Esta mañana me he despertado con noticias sobre el accidente de tren de Córdoba. Ahora mismo mientras escribo hay ya 39 víctimas mortales. Lo primero que me ha venido a la cabeza no son los muertos… sino las llamadas. Las llamadas que recibirán personas que tienen una vida por delante llena de planes, proyectos, sueños. Gente que sabía qué iba a hacer esta semana que comienza, que había quedado con amigos, que iba a ir a trabajar o que a lo mejor se iba de viaje pronto. Gente que está yendo a terapia por depresión o que está saliendo de algún bache. Esta mañana he pensado en ellos. He pensado en lo difícil que es esta vida. En que cuando menos te lo esperas, se rompe.
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¿Cómo se escribe? Es decir, todos sabemos que escribir es ese proceso en el que te dedicas a poner palabras, una tras otra, sin parar hasta que no tienes nada más que decir. Todos sabemos también que las palabras están formadas de letras juntitas. Pero claro, hay que darle coherencia a lo que escribes. Escribir por escribir sin ningún sentido podría ser tedioso a la hora de leer. Tengo que ponerme las pilas porque esta es la primera entrada del blog.
¿Y sobre qué escribo? Vale. Reconozco que esto no lo he pensado. Yo sólo quería tener un blog para escribir. Me apetecía hacerlo con el objetivo de crear reportajes, transcribir entrevistas en palabras o simplemente expresar mis pensamientos. ¿Pero cuál era el objetivo de la primera entrada del blog? Ay, Ugo, piensa, piensa… que la gente te está leyendo y no saben hacia dónde vas.
¿Pero hay que ir hacia algún lado a la hora de escribir? Supongo que sí. Escribir por escribir sin ningún sentido, como decía al principio, es un mal comienzo. Pero es que en esta sociedad siempre tenemos que estar en movimiento por la maldita obligación de ser productivos todo el rato y yo quiero ir contra el sistema porque me creo muy rebelde.
Venga, os voy a ser totalmente sincero. Estoy escribiendo este texto para probar cómo funciona el blog. Para ver cómo se publica una entrada. Estoy perdiendo la virginidad bloguera en directo y vosotros lo estáis leyendo ahora mismo. Uf, qué desagradable lo de la virginidad bloguera, ¿no? Bueno, soy así al final. Tiene gracia que mi cara no tenga apenas movimiento y mi cerebro no pare de crear mil cosas. ¡Pero si están casi al lado! ¿Qué distancia habrá entre mi boca y mi cerebro? ¿Unos 10 centímetros como mucho? Creo que he perdido el hilo de lo que estaba diciendo con esta entrada así que he decidido ir acabando.
Pronto escribiré de muchas cosas que me vengan a la mente y además me apetece mucho publicar entrevistas escritas. Bienvenidos a la cabeza de Ugo Sin Hache.
