¿Sirve de algo debatir hoy en día? ¿Cambia opiniones realmente? Ayer hice una crítica a un post de Echenique que me pareció que tenía algo de homofobia y hoy me he encontrado a alguien diciéndome que el homófobo soy yo por dar por hecho que el sexo anal es cosa sólo de gais. Me lo ha tratado de argumentar como ha podido y luego ha dado su opinión de por qué Echenique hablaba de otra cosa diferente. A mí no me ha cambiado mi opinión pero sus argumentos eran más o menos coherentes y aceptables. Lo suficiente como para aferrarse a su teoría.
Más allá de lo que haya dicho, me he puesto a pensar en la enorme cantidad de debates que hay hoy en día en redes y la cantidad de giros que dan para beneficiar posturas. También sé que en Estados Unidos el tema del debate se estudia en profundidad y se crean hasta escuelas que giran en torno a eso. ¿Recordáis al fallecido Charlie Kirk? Él solía hacer debates contra universitarios que luego publicaba en redes o que retransmitía en directo. No los hacía para demostrar su inteligencia o sus conocimientos sino para hacer ver su habilidad en los debates. Muchas veces quedaba mal pero le daba igual. Recuerdo cómo un estudiante de historia le humillaba con un tema de la Biblia y Kirk replicaba con un «bueno, pues a mí no me parece bien». Acto seguido pasaba al siguiente tema como si no hubiese pasado nada. Le podían dejar mal mil veces pero él seguía haciéndolos y además seguía creciendo en seguidores.
Esto cada vez se está haciendo más en otros lugares. Científicos contra negacionistas, hombres machistas contra mujeres, ultraderechistas contra progresistas. Todos estos debates acaban convertidos en clips de vídeos de 30 segundos que buscan beneficiar a unos o a otros. Si defiendes la ciencia, compartirás un fragmento donde un científico deja mal a un terraplanista. Si eres negacionista, compartirás un fragmento donde un tipo cuestiona la ciencia y el científico duda dos segundos. Todos nos quedamos con lo que nos interesa y siento que casi nadie cambia su opinión.
Cada vez más gente sabe debatir. No digo que tengan conocimientos de todo tipo de cosas sino que SABEN debatir. Cada vez hay más debates que no llegan a nada, que sólo ensucian y que encima ocupan un espacio valioso que podría haber sido ocupado para otras cosas más útiles. Y todos caemos en ello. Todos entramos en debates eternos que no llegan a ningún lado pero que nos enfadan y nos atan para seguir debatiendo. Debates sin fin y muchas veces sin sentido. Debates que no son reflexiones sino peleas de boxeo. En vez de decir «qué hemos aprendido de este debate», lo que decimos es «quién ha ganado el debate». Porque lo importante es ganar y aferrarte a tu idea en vez de aprender algo.
En fin, conforme pasan los años, menos ganas tengo de debatir porque siento que ocupa mucho espacio en mi mente que no llega a nada. Seguro que ahora alguien leerá este texto y hará otro en contra de mi opinión. No me convencerá ni yo a él pero se abre la veda a otro debate eterno. 
Ugo Sin Hache
Divulgador, creador de contenido, podcaster y señor raro en general.
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Estaba tumbado en la cama de mi habitación. Era adolescente y no era capaz de dormir. Las 12 de la noche y al día siguiente tenía instituto. «Ugo, duérmete ya que mañana vas a estar hecho polvo». Pero no, no había forma. ¿Qué me estaba pasando? Cualquier otro adolescente como yo pensaría en chicas, en fiestas, en videojuegos pero yo tenía en la mente la nada. La nada en todo su esplendor. Estaba reflexionando sobre la muerte y de repente me entró un pánico enorme a la nada. A la nada que hay detrás.
Cualquier creyente me dirá que tras la muerte está Dios, está Alá, está Buda…. pero yo no era ni soy capaz de creer. Necesito pruebas empíricas y me encantaría que las hubiera. Es decir, sería muy cómodo para mí creer en alguna religión porque me tomaría la vida de una forma más relajada. Pero no, mi mente lo que estaba pensando es que tras la muerte no había nada. Una nada grande, expansiva, que lo ocupa todo. Un vacío vacío. Porque un vacío no puede estar lleno, ¿no?
Sudores y lágrimas. Angustia plena. Enfado. Daba golpes al colchón mientras lloraba. No quería convertirme en nada. No quería desaparecer. Que alguno me dirá ahora que no desapareces si los demás te recuerdan pero… ¿qué más daría si yo no existo? ¿Qué más da lo que pase después si yo ya no estaría allí? Sí, yo querría que mis seres queridos tuviesen una vida plena después de mi muerte y que fuesen lo más felices posibles pero ese pensamiento es del yo vivo. El yo muerto no tiene pensamientos. No existe.
No tenía miedo a la muerte. Ni al dolor que pudiese producir esa muerte. Tenía miedo al después. ¿Después qué? Además, me entraba pánico no saber identificar la nada. ¿Qué era? ¿Cómo puedes describir algo que no es tangible? La nada existe y no existe a la vez. La nada en su apogeo lo ocupa todo y no ocupa nada porque es nada. Mi cabeza de adolescente no paraba de darle vueltas a la nada. Pero no llegaba a ninguna conclusión porque la nada no concluye. La nada siempre está pero nunca está porque no hay nada en la nada.
Uf, ya me estoy liando demasiado. Creo que nada de lo que diga va a cambiar nada. Y si no hubiese escrito nada, no habría pasado nada tampoco.
Nada más que decir.
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Yo tenía 16 años o así, estaba en plena adolescencia con las hormonas a flor de piel pero con una cara rara por mi discapacidad. No había tenido relaciones de pareja nunca y tampoco relaciones sexuales. Para mí eso era un drama. ¡IBA A ESTAR SOLO TODA MI VIDA!
Por si eso no fuera poco, recordaré siempre una anécdota muy cruda y dura que me ocurrió con un compañero de clase. Estábamos sentados en el césped hablando de nuestros futuros, de qué carrera universitaria elegiríamos, de qué esperábamos en la vida y de repente me soltó una frase que se me quedó grabada. «Ugo, debe ser duro saber que nunca tendrás relaciones de pareja. Y si quieres relaciones sexuales, tendrás que pagar.» No me lo dijo como burla ni como insulto. No me lo dijo tampoco a malas o para ofenderme. Me lo dijo porque lo creía realmente. Le salió del alma y ya está.
Después de esa frase que no supe replicar, la conversación siguió como si nada. No hubo enfados ni mal rollo. Yo me sentí incómodo y mi compañero cambió de tema como si lo que hubiese dicho no fuese importante.
Lo curioso de todo esto es que siempre que recuerdo esta etapa de mi vida, me doy cuenta de todo lo que he cambiado. Lo primero que tengo que decir es que mi compañero se equivocaba en muchas cosas. He tenido bastantes más relaciones de pareja en mi vida que muchísima gente (cosa que no me parece un éxito pero esto lo cuento luego) y evidentemente he tenido relaciones sexuales. Sí, teniendo esta cara rara y sí, no pudiendo dar besos normativos. Pero a mis parejas no les ha importado demasiado porque valoraban otras cosas de mí. Nos hemos adaptado y listo. Adaptarse es la acción preferida de las personas con discapacidad. Lo hacemos todo el rato y nadie lo valora.
¿Pero tener relaciones de pareja es un éxito? Tener pareja a mí me parece agradable y además personalmente me sienta bien pero no entiendo esa presión constante de la sociedad por hacer ver esto como un triunfo. Puedes ser feliz teniendo pareja y puedes ser feliz no teniéndola. Muchas veces siento que se nos presiona para tener pareja, hijos, una familia o sexo. Son como los objetivos sociales por excelencia. Si eres virgen, eres un perdedor. Si no tienes hijos, se te pasa el arroz. Si no tienes pareja, eres un triste solitario. ¿Por qué? Presión social. Presión social que pasa a tu yo personal y te afecta en el día a día. Añado además que tener pareja no es la única relación social que existe. Las amistades pueden ocupar muchas veces ese espacio de socialización que necesitamos. Alguno dirá que no es lo mismo pero yo he visto a parejas con relaciones menos sanas que muchas amistades y estoy seguro que vosotras también.
En el programa de La Revuelta de David Broncano hay una pregunta clásica que habla sobre el número de relaciones sexuales que has tenido en el último mes. Si respondes un número alto, se respira un aire de triunfo con aplausos intensos. Si dices que tienes pocas, se respira un aire de fracaso, de tristeza, de soledad. Broncano pide el aplauso por «la valentía de contar algo triste» básicamente. ¿Pero y si no quieres tener sexo? ¿Y si eres asexual? ¿Eres un fracasado? La respuesta es que no. Si eres feliz como eres, da igual lo que diga la sociedad. Si algún día voy a este programa, pienso decirlo claramente. Que además sé que me van a entender muchos. No tener sexo NO es un fracaso ni un problema. Tampoco es una necesidad básica. Se puede vivir sin sexo con gente aunque a algunos les cueste entenderlo.
Con todo esto, lo que quiero decir es que me parece absurda la presión social por tener pareja o tener sexo porque cada persona es un mundo. Ni tener sexo es una necesidad social ni tener pareja una obligación. Si quieres tener pareja, intenta buscarla porque tú lo sientas, no porque te lo diga la sociedad. Y si no quieres tener pareja, estás en todo tu derecho. Nadie debería exigirte nada.
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Un día sales a la calle, con cuidado porque tu país está en pleno conflicto, y de repente dejas de existir. No existe ni tu cuerpo, que desaparece contigo. No eres nadie. Ni rastro. Si tienes familiares cercanos, te recordarán pero si no tienes a nadie que te recuerde, te conviertes en vacío. Con el paso de los años, un medio hace un estudio y revela que hay 3000 gazatíes que se evaporaron. Vuelves a existir pero en forma de número. Eres uno de esos tres mil. Un ser humano que posiblemente no tenga nunca nombre porque la prensa te trata así.
Acabo de leer la noticia de que Al Jazeera Arabic ha publicado un estudio sobre el uso de armas prohibidas por Israel para hacer evaporar a la población y me ha dejado fatal este asunto. Según la noticia, estas armas que ha usado Israel son armas térmicas y termobáricas que alcanzan temperaturas de más de 3500 grados. A ese nivel de calor, el cuerpo de una persona se convierte en ceniza en poco tiempo. Dejan a veces rastros de sangre y poco más. La única prueba del uso de estas armas tiene que ver con la carcasa que dejan. No hay pruebas de cuerpos porque los cuerpos ya no existen al cabo de un rato. Es tan horrible todo esto que siento una impotencia gigantesca.
También leo que estas armas tan atroces se han usado en zonas seguras. Por ejemplo, una carcasa de estas armas fue encontrada en una escuela llena de refugiados. Imagina cómo tienes que ser para lanzar un arma así en un lugar donde se refugia gente. Bueno, no, imagina cómo tienes que ser para lanzar un arma así.
Y no pasa nada realmente. Es decir, hay personas que han dejado de existir de la forma más cruel posible pero Israel sigue con su vida. He visto esta mañana que el presidente de este país ha visitado Australia. ¿Le han detenido o juzgado? No, han detenido a 30 personas por protestar contra él. No detienen al que ha evaporado personas, detienen al que protesta contra esto.
He hecho este artículo sólo para recordaros que hay personas sin nombre que han existido en Gaza y que se han evaporado. Personas cuyos nombres no sabréis nunca y cuyo paso por el mundo será olvidado. Personas que se convirtieron en cenizas. Qué repugnante eres, Israel. Qué injusticia más grande. Qué asco todo.
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La frase del título de este artículo me la dicen todos los días. Me la dicen constantemente. Gente muy diferente entre sí decide unirse con esta frase. Da igual que yo hable de una cosa o de otra. Da igual que esté haciendo humor o que esté hablando de derechos humanos. El «No hagas caso a los insultos» es la frase que me acompaña desde hace mucho tiempo. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Tanta gente quiere protegerme aunque yo hable de otras cosas? ¿Qué está pasando con esto?
Bienvenidos a un análisis excesivo del «No hagas caso a los insultos». Un análisis que nadie me ha pedido pero que me apetece hacer porque no sé callarme.
Vamos a empezar por la base. ¿Hay necesidad real de protegerme de algo? Yo creo que sí pero sin conocerme. Muchos me lo dicen sin seguirme, sin saber quién soy yo y sin escucharme. Porque si me escuchasen, se darían cuenta que no estoy tan dolido por los insultos o que directamente no estoy hablando de ellos todo el rato. Pero espera, espera, si no me conocen y no me escuchan, ¿por qué quieren protegerme? Pues posiblemente porque mi discapacidad es visible. Algunos seguro que lo harán con sinceridad pero otros supongo que dirán esa frase porque ELLOS quieren sentirse bien. Es decir, que usan la frase porque sienten que han hecho algo bonito. «Defender a una persona con discapacidad» siempre es una buena acción. ¿Que la persona con discapacidad está hablando de que va a comerse una hamburguesa? Bueno, pero a la vista del resto del mundo, si dices «No hagas caso a los insultos» estás haciendo algún tipo de bien. O eso pensarán, claro.
Pero un momento. ¿No hacer caso a los insultos es un buen consejo? ¿Es una buena acción? Bueno, yo diría que es una acción más positiva para el que la dice que para el que la recibe. Es decir, la discriminación no va a disminuir si no luchas contra ella siempre que sea una discriminación estructural. Si sólo fuese UNA persona la que discrimina, quizás podrías jugar la baza de que a lo mejor esa persona se cansa si no la haces caso pero los insultos/agresiones contra personas con discapacidad visible o personas no normativas no van a acabar si no se señalan o se trata de luchar contra ellos. Discriminación estructural como decía antes. Eso sí, la persona que dice eso, puede creer que ha hecho algo bien y se siente mejor consigo misma.
¿Ha servido alguna vez lo de no luchar contra la discriminación? Yo creo que es evidente que no. Todas las mejoras sociales contra la discriminación se han conseguido con la lucha colectiva. No hacer nada no sirve de nada. Yo siempre pienso que la existencia del concepto «woke» es un triunfo de la lucha social. Porque hace muchos años, podías decir cosas contra negros o contra gente del colectivo LGTBIQ+ y nadie te iba a decir nada pero ahora estos colectivos han conseguido levantar la voz. Esto significa que la gente conservadora ha tenido que empezar a usar la palabra «woke» con connotación negativa porque ya no queda tan bien ser racista. Hay que camuflar eso con palabras raras para que no te hagan sentir una mala persona.
Entonces si la acción no es tan buena como parece ni tampoco tan altruista, ¿por qué se repite tanto a todo el mundo que recibe discriminación? Esto creo que es un poco más complejo. Yo tampoco estoy totalmente seguro de lo que voy a decir pero tengo unas sensaciones que quiero expresar. Vivimos en una sociedad de gente privilegiada que no quiere perder privilegios y gente sumisa que defiende a la gente privilegiada. Hay una mayoría de gente privilegiada y sumisa que no quiere luchar contra la discriminación porque le supone un esfuerzo que no quiere correr ya que se tendría que replantear muchas actitudes. Es incómodo luchar por derechos de otros porque muchas veces implica perder privilegios propios. ¿Entonces qué se hace? Abrazar la inacción para que cambien pocas cosas. Las frases de «no hagas caso» sirven para sentirte bien y también para evitar la incomodidad de defender a colectivos discriminados. Es una forma de defender el statu quo. Que nada cambie para molestar lo menos posible.
Estaba pensando en profundizar aún más pero creo que el análisis ya ha quedado bastante completo. Con vuestro permiso, voy a darme un paseo.
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Otro día más donde la izquierda hace autocrítica. Otras elecciones decepcionantes. Me siento como en el Día de la Marmota y me dan rabia tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Así que voy a ir soltando enfados escritos simplemente por desahogo. Estoy seguro que mañana estaré mejor y más optimista que hoy así que no me lo tengáis tan en cuenta. Respiro hondo y…
1. Me duele el QUE VIENEN LOS FACHAS como estrategia política. Siento que muchos discursos se centran en esto y siento que a la gente le empieza a dar igual. Este tipo de miedo no da tanto miedo como cree la izquierda. Hay mucha gente que cree que su vida no va a cambiar demasiado gobierne quien gobierne. Se agota el miedo al fascismo.
2. Me duele el desprecio a los votantes. Que si no saben votar, que qué inútil es un obrero de derechas, que si son catetos por pertenecer al mundo rural. Ese rollo del «quita que no sabes» es molesto. No me extraña que haya gente incómoda con la izquierda por este tipo de rechazo. No sé, ¿no podemos ser más amables y pedagógicos con esta gente?
3. Los medios de comunicación y las redes sociales están controlados por la derecha. No digo que todos sean así pero creo que tenemos claro que la inmensa mayoría. Y cuando tenemos alguna posibilidad de buscar alternativas, compramos su marco y nos quedamos ahí. Uy, Elon ha insultado a Pedro Sánchez. ¿El gobierno de España se va de Twitter? No, para nada. Sigue jugando en la red social de un nazi porque pueden hacer zascas que aplaudirán sus propios votantes. ¿Los zascas dan votos? Teniendo en cuenta que el algoritmo lo controla un señor nazi, yo creo que los zascas estos llegarán a donde el dueño quiera.
4. Siento que no hay una gran movilización social por parte de gente de izquierdas. Por agotamiento de un sistema que nos explota constantemente y nos deja para el arrastre cada noche. La gente asume que «hacer política» es votar cada cuatro años y ya está. Cada vez somos más individualistas, tenemos menos conciencia colectiva y nos movemos por intereses personales. No sé muy bien cómo afrontar esto, cómo hacer que la izquierda quiera participar activamente en sociedad más allá de poner tweets incendiarios.
5. Siento desgana social. Actitudes tremendamente pesimistas, hastío por la sociedad, odio contra todo y mucha negatividad. El rollo Mr.Wonderful me da arcadas pero no puedo con tantísimo pesimismo. Sí, ya lo sé, este artículo es muy negativo así que no estoy colaborando con ello pero yo en general no soy así. Siento que falta una actitud positiva y transformadora por parte de la izquierda. No de los partidos sino de los votantes. Tener algo positivo a lo que aferrarnos.
6. Siento que compramos discursos de la derecha y seguimos todo el rato su estela. La derecha dice algo y la izquierda tiende a desmontar ese algo y a debatirlo con quien sea. Esto me da rabia porque hace que la izquierda no plantee temas o propuestas sino que se deja llevar por los temas de la derecha. A mí esto me parece una derrota enorme. Mandan ellos en nuestra forma de pensar. Ellos nos dicen qué debemos debatir y qué temas debemos tocar.
7. Estoy cansado de escribir.
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Por fin llega la tranquilidad. Lluvia en la calle, silencio en casa. No hay agobio, no hay ruido mental. Sólo calma. Calma profunda y fría de un sábado invernal. No sabía si escribir o no escribir pero al final me he rendido al teclado de mi ordenador.
Pero es una rendición escasa porque este texto está a punto de acabar. Porque sinceramente prefiero estar en otro lado en vez de aquí. Prefiero estar en la calma del salón. Es más, tengo tantas ganas de inhalar calma que he decidido dejar esto a medi
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Es pequeño pero enorme. No lo puedo mirar directamente pero lo siento como si fuese una aguja afilada que está clavada en mi alma. Sé que está ahí, sé que está al acecho. Lo noto cuando me apoyo en cualquier sitio, cuando me muevo, cuando hago ejercicio, cuando ando. No me deja en paz. Ahora mismo estoy escribiendo estas palabras sabiendo que en cualquier momento volverá a atacarme con todas sus fuerzas.
Es rojo. Rojo demoníaco, rojo sangre. Es del color del dolor. Rojo fuego que te abrasa y te devora. Alrededor hay un cráter, una huella enorme y circular que te grita «sí, estoy aquí, ¿algún problema?». Y la verdad es que sí, muchos problemas. Porque en breve tengo que salir y me acompañará a cualquier sitio. Me estará susurrando cada segundo al oído que quiere acabar conmigo sin piedad. Pero yo seré fuerte, prometo serlo. Prometo no quejarme. Al menos con la voz porque este texto que estás leyendo es una queja en mayúsculas, un grito escrito que se extiende hasta donde llegue mi imaginación.
¿Pero cómo surgió este ser del inframundo? Su origen es un misterio. Ayer me desperté y ya estaba ahí, quieto, en silencio, esperando que yo le tocase y tocase y tocase hasta activarlo, hasta resucitarlo. Digamos que no sé en qué momento hizo acto de presencia pero sí sé que yo le saqué de su sueño eterno con tanto rascar. Cuando me di cuenta de su existencia, ya era demasiado tarde. Ya se había levantado de entre los muertos y ya no habría forma de devolverle al pozo infecto de donde salió.
Sí, estoy hablando de un grano que me ha salido en la parte de detrás del muslo de mi pierna derecha. Es bastante molesto y yo soy un dramático. Hacemos buena pareja aunque espero que nuestra relación no dure mucho porque tengo cosas que hacer este fin de semana y un grano no entra en mis planes.
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A mi hermano y a mí nos hacía mucha gracia el director Seymour Skinner de los Simpson. Su «sí, madre» que decía cada dos por tres se nos quedó tan grabado en nuestra adolescencia que así empezamos a llamar a nuestros padres. «Sí, madre» decíamos a nuestra madre cada vez que nos echaba la bronca o nos quería explicar algo. En nuestra agenda del móvil teníamos los nombres de «madre» y «padre» gracias a los Simpson. Así éramos y a mi madre sé que le hacía un poquito de gracia. De hecho, nos imitaba para burlarse de nosotros cariñosamente.
Hoy mi madre cumpliría años. Me quedé sin ella hace ya 16. Eso es mucho tiempo para cualquier persona y os debo confesar que alguna vez le he pedido a mi padre que me pasase alguna foto o algún vídeo de ella porque empezaba a olvidar su voz. Aunque quieras mucho a alguien, el tiempo pasa rápido y esa persona va desapareciendo de tu vida. Yo siempre digo que la vida son etapas y que todo pasa, tanto lo bueno como lo malo. El tiempo se lleva recuerdos, se lleva experiencias y hace desaparecer a gente que era muy cercana a ti.
Pero no todo es malo con el tiempo. Estos años sin mi madre han reforzado mis pensamientos positivos sobre ella y han ido marginando los pensamientos negativos. Yo tenía muchos conflictos con mi madre antes de que falleciese pero esos conflictos se han ido reduciendo dejando lugar a todos los recuerdos positivos. ¿Y qué recuerdos positivos tengo de ella? Pues venga, os digo unos cuantos. Mi madre fue una de las primeras mujeres feministas que conocí. Feminista de 2026, por cierto. Defendía valores del feminismo que se están tocando en estos últimos años pero que en su época estaban ocultos. Recuerdo como todo el mundo de su entorno la llamaba «la sargento» porque luchaba por derechos sociales, por romper roles de género y por la independencia de la mujer. Eso ofendía a mucha gente y le atacaban con términos militares o agresivos como haciendo ver que era más «un hombre». Pero yo la veía siempre como una mujer con un valor gigante. Era pequeñita de tamaño pero enorme de personalidad. Participaba en manifestaciones, en sindicatos y en cualquier movimiento social que se le pusiera por delante. Luchadora desde que nació hasta que acabó su vida.
Siempre recuerdo el día en el que prácticamente se rapó la cabeza y mis abuelos se ofendieron muchísimo porque «no parecía una mujer». Que como había hecho eso, que cómo se atrevía. Es curioso pero creo que reforzaron su espíritu ese día porque no volvió a dejarse el pelo largo nunca más. ¿Sabéis una de las cosas de las que más orgulloso me siento? Me siento orgulloso de su forma de educarme cuando era niño y de su forma de mostrar cómo tenía que ser una familia. Quiso romper los roles de género desde el principio. Mi madre no hacía las faenas del hogar ni cumplía con el rol de «madre dentro de la sociedad machista». El que planchaba en mi casa era mi padre, el que fregaba muchas veces también, los regalos que recibíamos no tenían ninguna perspectiva de género. Si nos gustaba algo, nadie nos decía que eso era «de chicos o de chicas». Yo era fan de los Backstreet Boys y de las Spice Girls, a mi hermano le gustaba jugar con juguetes de «cocinitas» y nunca escuché un comentario sexista en nuestra casa.
También recuerdo que siendo yo muy pequeño, se me educó para aprender a hacer las tareas de la casa. No porque fuese chico o chica sino porque era lo que hacía un adulto funcional. Confieso entre risas que creo que mis padres me enseñaron para así ahorrarse hacer faenas en casa. «Ugo, ¿a quién le toca fregar? ¿A tu hermano o a ti?» Oye, madre, que tú también deberías fregar alguna vez decía yo mentalmente en algún momento.
¿Qué estaría haciendo ella hoy en día? Esto también lo he pensando un montón de veces. Creo de verdad que estaría disfrutando mucho en esta época en la que vivimos donde hay más movimientos feministas que nunca. Seguro que estaría colaborando en asociaciones, en manifestaciones, se metería en un montón de debates en redes sociales y no descartaría para nada que tuviese hasta algún canal de TikTok para expresar sus pensamientos. También estaría muy metida en todo lo que hago yo sobre discapacidad porque fue ella la que empezó todo esto junto a mi padre en su día. Otra cosa que creo que haría mucho sería discutir conmigo. Discutir por un montón de cosas porque ella era discutidora y yo entraba al trapo fácilmente. Discusiones fuertes por temas de todo tipo. Que oye, no todo va a ser bonito. La de fines de semana que estaríamos enfadados por cualquier chorrada… pero también os digo que lo acabaríamos resolviendo porque tampoco somos tan rencorosos.
En fin, paro ya de escribir que me estoy alargando y estoy seguro que mi madre me hubiese dicho que me ponga las pilas, que hoy tengo que hacer más cosas. Así que voy cerrando.
Estés donde estés, feliz cumpleaños, mamá.
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Sentía un dolor fuerte en la espalda desde hacía meses. El médico de cabecera le mandó a un masajista. Tenía que ser algo muscular, decía él. Mi madre sabía que había algo más. Lo sabía porque conocía bien su cuerpo. Hacía caso al médico pero también trató de cambiar la dieta que tenía. El dolor no se iba y no la dejaba ni dormir. Un día no pudo más y se presentó en el centro médico con la intención de no irse de allí hasta que le dijesen qué tenía. El médico de cabecera le volvió a decir que eso tenía que ser alguna contractura muscular pero esta vez no sirvió de nada. Mi madre se plantó. «No me voy de aquí hasta que me hagan pruebas o me den cita para pruebas.» Mi madre siempre había sido una luchadora nata y consiguió una vez más su objetivo. Por fin la mandaron al hospital para que le hiciesen pruebas de verdad. ¿Y sabéis qué? Un tumor, Que al principio parecía pequeño pero cuando trataron de operarla, el cirujano tuvo que suspender la operación porque el tumor era intratable. Nos dijeron que le quedaban 6 meses de vida.
En esos 6 meses pasaron muchas cosas. Mi madre se negó a morir. Hizo todo lo que pudo, probó tratamientos experimentales, quimio de todo tipo, Y FUNCIONARON. El tumor intratable desapareció. Hicimos hasta una fiesta de celebración porque se había curado. Yo tenía 24 años y recuerdo como si fuese ayer esa fiesta. Estábamos toda la familia, había una felicidad enorme y todo era bonito. Pero la historia no termina aquí.
Unos meses después de la fiesta, mi madre volvía a sentirse mal. Fue al médico y descubrieron que había metástasis. Le recetaron unas «pastillas de quimio» muy potentes y le dijeron que podía curarse de nuevo. Mi madre nunca dejó de creer en la cura. Siempre estaba con mentalidad positiva. Me decía cosas como «Ugo, me voy a curar, lo sé». Pero fue a peor. Cada vez la notaba más débil, más frágil, más delgada. Decía que eran las pastillas y yo me lo creía. Yo era como ella, creía realmente en que se iba a curar. Fui el último en perder la esperanza. Pero pasó. La ingresaron en el hospital y apenas estuvo unas pocas semanas. La sedaron e hicieron que sufriera lo menos posible. Gracias, sanidad pública, por el trato amable hasta el final.
Vi su último aliento literalmente. Era el único que estaba en esa habitación porque los demás se habían ido a comer. Me quedé yo con ella. Y entonces lo vi. Respiración ronca, entrecortada y una última inspiración. No volvió a respirar. Esta imagen me va a perseguir toda mi vida. Mira que todos hemos visto muertes falsas en películas o series. Creía que no me iba a impactar tanto porque estábamos insensibilizados ante tanta exposición de violencia. Pero me equivocaba. Ese último aliento lo sigo escuchando a día de hoy.
Pasaron los años y esta vez le tocó a mi abuela materna. Pero esta vez todo fue diferente. No es una historia larga ni compleja. Mi abuela había perdido a su hija y estaba sumida en una depresión. Sobrevivir a un hijo debe ser una de las peores sensaciones que existen en el mundo. Leí una vez que existe la palabra viudo/a cuando pierdes a tu marido o mujer, también existe la palabra «huérfano» cuando pierdas a tus padres. Pero perder a un hijo no tiene palabra tan clara. Quizás haya alguna que desconozco pero nadie la usa.
A mi abuela le detectaron un tumor por la zona del intestino. Ella siguió el procedimiento médico para el cáncer. Sesiones de quimio, revisiones periódicas y todo esto. Pero no sirvió de nada y ella tampoco tenía ganas de que sirviera. Desde el principio noté que se quería morir. No quiso esforzarse, no quiso resistirse. La depresión por perder a una hija le había quitado las ganas de vivir. No recuerdo tanto sufrimiento como con mi madre. No recuerdo tantos días en el hospital. No recuerdo un impacto enorme. Fue todo duro pero natural para ella. Su vida acabó en poco tiempo dejando solo a mi abuelo. Y ya está. Historia corta y dura.
Son dos historias con el mismo final. Una historia de lucha y de resistencia, otra de depresión y desgana. Pero ambas acaban igual. El cáncer es jodido. Algunos se salvan y otros no. La actitud puede ayudar en parte pero no lo es todo. Lo importante es la medicina, lo importante es la investigación. Cuando alguien habla de guerreros, de vencer, de ganar, siempre pienso en lo guerrera que era mi madre y en lo poco que le sirvió serlo. Lo siento por ser tan duro pero creo que es aún más cruel poner a los enfermos esa responsabilidad de lucha como si dependiese de ellos.
La lucha real contra el cáncer se hace en los laboratorios. Se hace desde la ciencia. Esa es la auténtica lucha.