Es pequeño pero enorme. No lo puedo mirar directamente pero lo siento como si fuese una aguja afilada que está clavada en mi alma. Sé que está ahí, sé que está al acecho. Lo noto cuando me apoyo en cualquier sitio, cuando me muevo, cuando hago ejercicio, cuando ando. No me deja en paz. Ahora mismo estoy escribiendo estas palabras sabiendo que en cualquier momento volverá a atacarme con todas sus fuerzas.
Es rojo. Rojo demoníaco, rojo sangre. Es del color del dolor. Rojo fuego que te abrasa y te devora. Alrededor hay un cráter, una huella enorme y circular que te grita «sí, estoy aquí, ¿algún problema?». Y la verdad es que sí, muchos problemas. Porque en breve tengo que salir y me acompañará a cualquier sitio. Me estará susurrando cada segundo al oído que quiere acabar conmigo sin piedad. Pero yo seré fuerte, prometo serlo. Prometo no quejarme. Al menos con la voz porque este texto que estás leyendo es una queja en mayúsculas, un grito escrito que se extiende hasta donde llegue mi imaginación.
¿Pero cómo surgió este ser del inframundo? Su origen es un misterio. Ayer me desperté y ya estaba ahí, quieto, en silencio, esperando que yo le tocase y tocase y tocase hasta activarlo, hasta resucitarlo. Digamos que no sé en qué momento hizo acto de presencia pero sí sé que yo le saqué de su sueño eterno con tanto rascar. Cuando me di cuenta de su existencia, ya era demasiado tarde. Ya se había levantado de entre los muertos y ya no habría forma de devolverle al pozo infecto de donde salió.
Sí, estoy hablando de un grano que me ha salido en la parte de detrás del muslo de mi pierna derecha. Es bastante molesto y yo soy un dramático. Hacemos buena pareja aunque espero que nuestra relación no dure mucho porque tengo cosas que hacer este fin de semana y un grano no entra en mis planes. 
Ugo Sin Hache
Divulgador, creador de contenido, podcaster y señor raro en general.
Posted in Relatos
Deja un comentario