«¿Sobre qué escribo hoy?» Esto es lo que pensaba esta mañana en mi paseo matinal. Quiero escribir todos los días, estoy dispuesto a ello y además me viene genial. A veces escribo sobre actualidad, otras sobre películas o series, alguna vez me da por escribir un relato… pero el acto de escribir me fascina y quiero que sea un hábito más mío. Así que mi mente estaba concentrada en el tema del día que iba a tocar.

Trump había dicho una barbaridad sobre el baloncesto femenino, Ayuso sigue siendo protagonista por el tema de los áticos, estoy viendo una serie que fue mainstream el año pasado y además estoy leyendo un libro sobre el pasado de Palestina e Israel. Temas tengo de sobra para elegir. Mi cabeza ahora mismo es como una lavadora en marcha con un montón de ropa moviéndose sin parar en círculos. Cada pieza es un tema. Pero no dejan de moverse y me resulta difícil escoger una.

Y de repente, un perro. ¿Recordáis que estaba paseando esta mañana? Pues mientras andaba, un perro blanco similar a un samoyedo pero con menos pelo, se me ha puesto a un lado. No estaba pegado a mí sino que avanzaba a un metro y pico de mi lado izquierdo pero tras una valla de un parque. El perro blanco paseaba en el parque y yo estaba fuera pero pegado al mismo. Nos separaba una valla de metal alta con barrotes de color negro oscuro desgastado. Y de golpe, adiós al perro. Unos arbustos han tapado mi visión del perro. Mi cabeza lo que ha hecho ha sido volver a los temas de los que hablaba antes.

Y otra vez el perro. Sí, los arbustos han durado poco. Se me ha vuelto a abrir la visión del parque y el perro seguía a mi lado. Ni me había mirado, ni tampoco le había llamado la atención mi presencia. Supongo que estaba paseando en busca de algún lugar para hacer sus necesidades. Pero ahí estaba, a metro y pico de mí. Mi compañero temporal de paseo. Y mi mente se ha rendido. Ha dejado de pensar en temas y se ha puesto a pensar en el perro.

Parecía un perro muy majo. Como he dicho antes, era como un samoyedo pero con menos pelo o más delgado. Tampoco soy experto en perros, la verdad. Sólo sé que se le veía feliz. ¿En qué estaría pensando? Supongo que en encontrar un lugar para mear. Es un perro. ¿En qué va a pensar sino? Oye, ¿ese «sino» es junto o separado? Creo que junto aunque no lo tengo claro. El perro seguro que tiene las cosas más claras que yo. Los perros viven bastante bien si sus dueños se portan con responsabilidad. Paseos diarios, le dan la comida y la bebida, les llevan de viaje y les atienden si les pasa algo.

Además, un perro no tiene preocupaciones políticas, ideológicas o sociales. ¿Eso es bueno o malo? A ver, yo quiero tener esas preocupaciones. Me parece necesario tener conciencia social. Lo que pasa es que también tengo que admitir que alguna vez me he aislado del mundo o he desconectado de redes y me ha sentado bien ese parón. Oxigena mi mente. El problema (o virtud, a saber) es que no soy capaz de acabar con mi curiosidad. Necesito saber de todo siempre. Enterarme de todo. Ya me pasaba antes de la existencia de las redes sociales. Leía periódicos en papel siendo muy joven. Parecía un señor mayor. Siempre he tenido la necesidad de estar informado.

¿Habéis visto la de vueltas que estoy dando por un perro que se me ha cruzado en mi paseo matinal? Pues bienvenidos a mi mente. Supongo que muchos somos así. Cuando se nos cruza algo ligeramente diferente en nuestra vida rutinaria, le damos mucha más importancia de la que realmente tiene. ¿Pero sabéis qué? También creo que la vida es más divertida y emocionante si tú le aportas algo de especias a sucesos cotidianos. ¿Aportar especias? Un símil un poco raro pero es lo que me ha venido a mi mente.

Creo que voy a ir acabando ya este pequeño artículo que al final no es tan pequeño como creía que iba a ser. Sólo espero que el perrito blanco de esta mañana esté genial y que su vida sea agradable. Al menos así hay alguien en el mundo que no tiene preocupaciones.

Un samoyedo blanco corriendo entre plantas grisácea.


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