Hoy será un día duro. Lo sé. Nada más abrir los ojos esta mañana, me he topado con una afrenta hacia mi persona en X, la red social del demonio. Alguien se refería a mí sin tratarme de usted. ¿Cómo se atreve a semejante despropósito? Como soy una persona sosegada, he tomado la decisión de aguantar las ganas de sacar el sable y me he dirigido al bar de mi amigo José.

– Un café solo, jefe.
– Marchando, don Rodrigo.

Como muchos sabréis, no soy capaz de ser persona hasta que no me tomo mi café solo. Sin azúcar ni sacarina. Ni siquiera edulcorante. Todos estos accesorios sólo nos ablandan y yo no quiero demostrar mi debilidad ante nadie. Tengo que estar siempre preparado por si en cualquier momento empieza alguna guerra. Los jóvenes de hoy en día toman batidos o bebidas energéticas de esas. Se están perdiendo las costumbres en este país.

De repente, oigo en la calle unas trompetas y unos tambores. ¿Qué está pasando? Me asomo con cuidado a la puerta y se confirman mis peores sospechas. ¡Una carroza gay! Sí, ya sé que estamos en el mes del Orgullo pero no pensaba que llegaría tan lejos esto. Si lo llego a saber, hubiese bajado mi sable.

– ¿DÓNDE ESTÁ MI CABALLO?

La gente del bar me mira con ojos incómodos. ¿Qué hay de malo en lo que he dicho?

– ¡POSADERO! ¿EN QUÉ ESTABLO HA DEJADO MI CABALLO?
– ¿Se encuentra usted bien, Don Rodrigo?

Nadie me entiende aquí. Esta sociedad está perdiendo el norte y lo estoy viviendo en mis carnes.

Me veo en la obligación de salir del bar sin mi caballo. Tendré que buscarme la vida como ya hice en el pasado. Esas carrozas cada vez están más cerca y no me siento preparado para ello. Si tuviese mi sable cerca, todo esto estaría más controlado. Un momento… ¡Ya lo tengo!

Acto seguido, salgo corriendo a la máxima velocidad que me permiten mis atléticas piernas. Voy rumbo a mi casa. Aún no es tarde para luchar. Subo como un rayo a mi apartamento y al entrar, me dirijo directamente al salón. ¡Ahí está mi sable! Ha llegado la hora de usarte, Tizona. El Cid estaría orgulloso de mi arrojo. ¿Necesito una cota de malla para esta misión? No creo que nadie esté a mi altura así que decido no ponerme la cota para darles al menos una oportunidad. Soy un caballero.

Estoy un poquito cansado tras haber subido corriendo por las escaleras y decido coger el ascensor para bajar. Hay que reponer fuerzas para la batalla. Eso sí, cuando salga de este receptáculo en movimiento, mis energías estarán renovadas y podré darlo todo en este evento que, tened por seguro, será histórico. Por fin llego a la planta baja, salgo a la calle y grito con todas mis fuerzas:

– ¡VOTO A BRÍOS!

La carroza está frente a mí. Ha llegado la hora de la verdad. Desenvaino mi sable, me dirijo con firmeza hacia mi enorme enemigo… y un policía se interpone en mi camino. ¿Cómo se atreve a cortar mi hazaña? El agente de la ley me pregunta educadamente si estoy bien.

– ESTOY PERFECTAMENTE, MEQUETREFE. APÁRTESE Y VEA COMO TIZONA HACE TRIZAS A ESA HERCÚLEA CARROZA.

Llega otro agente y me piden ambos que me calme. También me comentan que es ilegal portar un sable como el mío.

– TIZONA NO ES ILEGAL. TIZONA ES JUSTICIA. ¡DEJEN PASO A LA JUSTICIA!

Pues no, no dejan paso a la justicia. Uno de los policías me agarra de un abrazo y el otro se pone tras de mí. Intento zafarme de ellos pero está claro que han debido de tomar alguna pócima mágica porque su fuerza es muy superior a la mía. No existe otra explicación a tal superioridad física.

Me arrebatan a Tizona y me meten en un coche patrulla. Me dicen que me van a multar por llevar armas y por resistencia a la autoridad. Como dije al principio de este diario, sabía que hoy sería un día duro.

Pintura antigua del Cid Campeador encima de su caballo.

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