Recuerdo un nivel de ansiedad enorme. No sabía hacia dónde iba mi vida y lo único que me apetecía era gritar. Miro mi ordenador, me levanto del escritorio, abro mi terraza, salgo y quiero dar un grito muy fuerte, Pero no lo hago. No lo hago porque no quiero molestar a nadie. Recuerdo las ganas de gritar pero ese grito se perdió en el vacío de mi mente.
Es curioso porque no recuerdo el momento exacto del enfado o de la crisis de ansiedad. No recuerdo cuál es el origen. Sólo me viene a la mente el grito que se perdió el mundo porque no salió de mi boca. Pero resonó tan fuerte en mi conciencia que muchos años después sigo recordando el momento como si fuese ayer. Parece casi un sueño porque no soy capaz de identificar el principio ni el final. No sé el origen y tampoco sé qué hice luego. No sé cómo acaba pero sí sé que no grito.
Y la soledad. El eco de la soledad también lo recuerdo. Antes he dicho que no quería molestar a nadie si gritaba pero había otro miedo aún más grande. ¿Y si no me hacía caso nadie? Un grito siempre llama la atención pero una cosa es escucharlo y otra actuar en consecuencia. ¿Cuánta gente se interesaría por mí en ese momento si llego a gritar? Estaba solo en mi casa, mi madre ya se había ido para siempre, mi hermano estaba estudiando en la universidad y yo no tenía amigos. Los vecinos eran escasos porque vivía en una urbanización donde la mitad de las casas eran de vacaciones y no de residencia. ¿Y si mi grito no genera ningún tipo de reacción? A ver, siendo sinceros, algún vecino se habría interesado, eso seguro. Pero en ese momento había algo dentro de mí que me decía que no había nadie en mi vida, que caminaba solo por el mundo. Y un grito no habría cambiado nada.
Hablando de gritos, recuerdo mucho uno en especial de cuando iba al colegio. Estábamos todos en el comedor, un montón de niños comiendo y hablando fuerte. Yo tendría unos 10 años como mucho. ¿Sabéis qué se me ocurrió? Gritar con fuerza así de golpe. ¿Y qué pasó? Que todos los niños se callaron y me miraron. De repente existí. No me sentía solo en esa etapa de mi vida pero el grito que di me hizo pensar que era «alguien». Sentí miedo, orgullo y felicidad. Todo junto. ERA ALGUIEN tras ese grito. Decenas de niños me miraban. La historia termina mal porque un profesor me castigó «cara a la pared» por hacer el gamberro en el comedor. ¿Cómo se le ocurre gritar así de golpe a un niño? Lo de cara a la pared era el castigo típico de mi escuela. Si hacías algo malo, te decían que te pusieses de pie mirando a la pared durante el tiempo que el profesor considerase. Pero esta vez no me sentí mal. Fui el protagonista, no estaba solo en el mundo ese día.
Menuda diferencia de intentos de grito, ¿no? Uno no salió de mi garganta y el otro salió de sobra. No, no hay moraleja en estas historias.. Tan sólo quería contar la historia de dos gritos en mi vida. 
Ugo Sin Hache
Divulgador, creador de contenido, podcaster y señor raro en general.
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